sábado, 13 de noviembre de 2010

Campanilla olvidada

- ¿Crees en las hadas?
No sé que es lo que había entendido, pero su mirada se tornó nerviosa, me miraba de un modo extraño; sus ojos fijos en mi cara. Sus dientecitos mordisqueando sus labios.

- ¿Hadas? ¿Qué son las hadas?- respondió.
- ¿No sabes qué es un hada? -pregunté incrédula.
No sabía que era un hada. Por lo tanto, no podía creer en ellas. Ni en la magia. Ni en los deseos que se cumplen. Ni en los polvos de hada que te hacen volar si tienes un pensamiento feliz.
Ella no sabía que una calabaza se puede convertir en un carruaje llevado por tu perro guardián convertido en caballo.
La chiquilla desconocía que había un mundo de niños sin padres que jamás crecían y que estaba tan cercano como girando en la segunda estrella a la derecha y siguiendo recto, hasta la mañana.
Tampoco sabía que una manzana podía matarte de pura envidia y revivirte de puro amor.
O que había que tener cuidado con los antiguos utensilios de costura, que te podían causar una siesta de cien años.
Pobre niña. ¡Qué diez años más tristes!. Con esa edad, ya estaba perdida.

- Entonces, ¿no has leído nunca La Bella Durmiente o Peter Pan?
- No. No sé que de hablas.
- Son cuentos, cuentos para niños.
Y entonces, soltó el dardo.
- ¿Qué es un cuento?



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