El sonido de un paso
arrastra
otro paso
y otra vez
solo arrastra un pie.
Me llega desde el otro extremo
de este túnel
casi eterno
de estación.
Él lee
un libro
ligero, liviano,
extraño.
Es de color verde
como las batas de hospital
o los chándal de los ochenta
o el caribe y su mar.
Al otro lado
un señor anciano
con boina y bastón
(espalda recta
y jersey de pico)
mira el reloj
y se impacienta.
Mientras en la otra punta
del mismo andén
se escapa música
(ligera, festiva,
alegra, sureña)
de los auriculares
de una pareja.
Suena un trueno lejano,
una caballería,
un estruendo
y la estación
que estaba cómo de novena
se torna ensordecedora.
Él irrumpe
completo, repleto
de gente que vuelve a casa
desde el trabajo,
desde sus clases,
hacia sus cenas.
Son las diez y media.
Rompe el silencio
y la estación,
que antes evocaba un duelo
de los de a las doce
en la plaza
tutelado por el Sheriff,
ahora se queda
como un auténtico Western:
desierta.