Desde hace años,
quizás más de los que sabemos,
vívimos en un lugar de subidas despiadadas,
de caídas al abismo,
de emociones desvocadas;
de ritmos rápidamente cambiados.
De la felicidad más frenética
al la rabia más profunda,
han conseguido llevarnos a la indiferencia.
Todo esto resultando en un estado depresivo;
en un Estado encadenado a sí mismo,
a su maquinaria instalada en algún momento
aparentemente cercano,
realmente algo más lejano.
Y encerrados como estamos en un bucle
de soluciones improbables,
de marcos volubles,
de inseguridad personal,
de calendarios sin planificación,
de debates vacíos
y de miedo al cambio.
Cansados, aún toleramos,
cúmulos de desprecios,
ninguneos diarios,
cosificaciones y culpabilidades falsas.
Pero, lo peor, es que no nos vemos capaces
de encontrar la solución
a estos tiempos tan negros.
Por temor a la oscuridad del pasado
nosotros mismos nos negamos el futuro.
¿Qué hace falta para tener fe en un mañana mejor?
Busquemos,
y cuando lo encontremos,
compartámoslo.
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