Debería la juventud
soñar imposibles y pedir cambios,
reorganizar el mundo
o al menos cuestionarlo.
Cabe esperar que desafíen
mandatos y normas,
horarios y salarios,
viejas costumbres y altos cargos.
Ellos tienen aún el ánimo, el ímpetu,
y, tristemente, la inocencia,
de creer que tienen fuerza,
de aspirar a ser escuchados,
de pretender hacer algo.
¿Quién sabe?
A lo mejor plantan una idea
en algún adulto trasnochado,
o les atiende algún medio
sin acusarles de causar un incendio.
O consiguen convocar
primero a 5 personas en un bar,
después a 50 en un parque,
después a 50000 en alguna ciudad.
¿Quién sabe?
Quizás puedan cambiar el mundo
y no se lo han sabido explicar.
Quizás sea tan sencillo
cómo simplemente atreverse a soñar.
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